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AÍDA ACOSTA ALFONSO
Cáceres, 1977

 

UN SOLITARIO PASEO

Camina lentamente entre hojarasca, una vereda larga le conduce al verdadero final o al verdadero principio. Su aliento es entrecortado, le cuesta respirar, sus pulmones han almacenado demasiado humo de aquella antigua fábrica en la que trabajó durante veintisiete años. Le angustia recordar aquellos tiempos, no puede soportar ver las imágenes borrosas de algunos compañeros que reían sus chistes cómicos; esos gratos momentos atrapados en el tiempo.

Se detiene un momento para contemplar a un pequeño escarabajo volador que se ha quedado enredado en los viejos hilos de una telaraña.
De su gente, de sus quintos ya sólo quedan él y otros tres; algunas tardes se juntaban en el bar a jugar la partida, pero últimamente Santiago está enfermo, los achaques de la edad son así. Peor lo tiene Pedro, vino su hija y se lo quiso llevar a la ciudad, lo consiguió, pues la semana anterior con lágrimas en los ojos lo vieron partir a la colmena; ya no podrá morir en su hogar, en su añorado pueblo como siempre ha soñado. La mejor situación es la de Manuel que aún comparte los días con su mujer y entre los dos la vida se les hace más llevadera.

Sigue caminando. El jersey azul grisáceo se le engancha en las ramas de las genistas y los brezos. Hace viento, se agitan las pocas hojas que aún tienen los árboles. Imagina por un momento a la gente conocida, unos le decían:
—Adiós Juan, hasta la próxima.
Y otros:
—Nos volveremos a ver.
Cuando era joven se marchó a Francia, fue un año de vendimia.

Algunos hilos cuelgan de su jersey, los últimos rayos de sol le hacen cosquillas entre sus gruesas arrugas de la cara, esos surcos que se han fabricado en la soledad. Se casó no muy joven y el matrimonio no duró mucho, su frágil mujer murió cuando sufrió un aborto; esto le marcó fríamente, ni siquiera ha podido tener descendencia.

Está oscureciendo, a dos pasos hay un gran prado de pastos.
Tiene que entrar. Comienza a desatar las cuerdas mugrientas y medio partidas que ciñen la engarilla contra la pared de piedras de granito. Chirrían las maderas y en su eco Juan oye una voz que le dice:
—Adiós, ¡hasta la próxima!; nos volveremos a ver.

HOY QUIERO VER LOS COLORES

Hoy quiero ver los colores,
despertar del sueño
que siempre me ahoga en el fondo
de los mares.

Hoy quiero oír la primavera
y sentir el caluroso frío del invierno;
notar el crujir de las hojas
y escuchar el canto del jilguero.

Oler el rocío fresco que baña
el aroma de las azucenas y las rosas.
Besar dulcemente la miel
y danzar como las mariposas,
volar como las palomas
por la luz de los caminos perdidos.

Hoy lo quiero todo,
hasta robarle el tiempo
al tiempo enmudecido.

Hoy quiero vivir la vida,
como el alegre cantor
que odia la despedida.